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La Abadía de Carfax, en BARS 2014








Jueves 6 de noviembre, 17hs
Presentación de Cuentos de la Abadía de Carfax 4.
Desde 2005, La Abadía de Carfax, círculo de escritores de horror y fantasía, viene explorando el costado más oscuro de la literatura. Los resultados: tres antologías con cuentos de cada integrante. Ahora llega la número cuatro, que ofrece una nueva galería de monstruos y de perversiones en textos no aptos para los tibios.
Disertantes: Marcelo di Marco, Ricardo Giorno.



  

Cronograma


Matar a Silverman, cuento de Matías Orta



publicado en Cuentos de La Abadía de Carfax 3 




Aquel jueves decidí matar a Silverman.
Apenas se asomó al umbral que separaba al aula del pasillo, nos quedamos quietos, en silencio. El profesor Silverman, la bestia negra del colegio, inspiraba respeto. Era una mierda de ser humano, lo sé, pero aparecía y te petrificabas. Como Darth Vader, aunque parecido a Anthony Hopkins.
—Buen día, alumnos.
Para vos será un buen día.
Tras dejar sus cosas en el escritorio y tomar asiento, dio inicio a la clase.
—¡Lunati! —dijo de golpe, mirando hacia las filas del fondo, y la sola palabra rebotó contra las paredes en un siniestro eco—. ¿Estudió para hoy?
Tenía a Luni a tres pupitres de distancia, por lo que pude ver bien su cara de sorpresa.
Como de costumbre, Silverman lo apretó.
—Recuerda lo que había que estudiar, ¿verdad, Lunati?
El pobre Luni miraba su carpeta. Abrió la boca, pero no emitió ni siquiera un “Ehhh...”. Y pensar que hacía pocos minutos, en el recreo, estuvo jodiendo con dos pendejas de sexto grado que se hacían las interesantes. ¡Y eso que nosotros sólo somos un año más grandes que ellas!
—¡Morales! —dijo Silverman—. ¿Recuerda qué debían estudiar para hoy?
Agustín negó con la cabeza.
—¿Usted, Verón?
—No —contestó Laura bajando la vista.
—¿Archubi?
El Tarta respondió con un “N-n-no”.
—¿Y usted, alumno Carnevale?
Ya en ese momento estuve tentado de meter la mano en el bolso y sacar la 9mm que le había robado a mi tío.
—¿Me va a responder, alumno?
Pero no lo hice. Sólo me limité a murmurar una negativa.
Nadie recordaba qué había para estudiar. Cuando las clases de aquel monstruo terminaban, nos olvidábamos de todo. De todo, menos de las humillaciones.
Silverman siguió preguntando al resto del curso. De paso, aprovechaba para pasar lista. El hijo de puta gozaba con nuestra ignorancia.
—Bien —dijo tras la dosis inicial de degradaciones—. Será mejor aclarar que no mandé a estudiar ningún tema específico. Otra prueba de que ustedes jamás prestan atención.
A mi alrededor, puteadas por lo bajo. La segunda vez que nos hacía la misma trampa. Y en el aula éramos tan boludos que siempre caíamos.
—Muy bien —se puso de pie, caminó hasta quedar a pocos centímetros del primer pupitre de la fila del medio—. ¡Juárez! ¿Qué es una llanura?
Tres bancos a mi izquierda, Andrés se limitó a tragar saliva.
—¡Costa! ¿Qué es una llanura?
Marisa abrió la boca como para contestar, pero se quedó en el amague.
—¡Hernández! ¿Qué es una llanura?
Leonel negó, sonriente.
—Archubi. ¿Qué es una llanura?
El Tarta puso cara de pensativo. A veces contestaba bien, aunque todavía nunca en Geografía.
—Para su información, alumno, no tengo toda la mañana.
Resignado, el pobre pibe agachó la cabeza.
—Ya me parecía —Silverman paseó la vista por el resto del aula—. ¡Páez! ¿Qué es una llanura?
El proceder de Silverman era siempre el mismo: preguntaba temas vistos el año anterior con el profe Andreani. Silverman sólo se ocupaba en demostrar que no habíamos aprendido nada. “Quiere hacer terapia con nosotros”, solía decir Luni. Tal vez tenía razón. Yo pensaba que el profesor, como una especie de vampiro, se alimentaba de la vergüenza ajena para seguir viviendo.
—¡Carnevale! ¿Qué es una llanura?
La tiene conmigo, pensé. Algo lógico, teniendo en cuenta que casi nunca respondía sus preguntas.
—¿Oyó mi pregunta? Por si acaso, se la reitero: ¿qué es una llanura?
Me vino a la mente el episodio concreto que me hizo ir armado a clase. Fue la segunda o la tercera semana del año. El tipo empezó a preguntar sobre eras geológicas. En ese mismo instante, me enteré de que “Anthony Vader” había pedido estudiar el tema la semana anterior. La misma semana que falté al colegio por fiebre. No había podido estudiar, pero a él no le importó. Me volvió loco hasta que sonó el timbre.
 “¡Así que no estudió! ¿Qué le sucedió? ¿Se estaba muriendo? ¿Ya tenía un pie en la tumba? No, alumno Carnevale. Una simple fiebre nunca es excusa para no estudiar. Además, sé que usted y sus compañeros vieron la eras geológicas el año pasado, con el profesor Andreani. ¿Acaso no recuerda nada de lo aprendido? Lo que se aprende en clase debe quedarle para el resto de su vida. Si no, mi trabajo y el de mis colegas no sirven para nada. Si hay algo que detesto es a un alumno que sólo estudia para los exámenes”.
Aquella tarde, lloré en la puerta del colegio. Lloré como una patética nenita. ¡Hasta pensé en tirarme de la terraza!
—¿En qué se quedó pensando, Carnevale?
Parpadeé.
—En nada —respondí, y deslicé una mano dentro del bolso—. No pensaba en nada.
—Ese es un problema de la mayoría de los alumnos de esta institución: no piensan en nada.
Podía sentir el acero frío del arma.
—Por lo menos —dije—, no pensamos en hacer terapia con nadie.
Silverman enarcó las cejas y dijo:
—Vaya comentario. Si pusiera las mismas energías en recordar lo visto el año pasado que en faltarme el respeto, sería un excelente alumno. Voy a cambiar levemente de tema. Hábleme de las Rocallosas.
Empecé sacar la 9mm del bolso.
—Tampoco lo sabe, ¿no es cierto?
Sólo sé que te voy a cagar a tiros, hijo de mil putas.
Estaba por levantarme del pupitre y dispararle, cuando noté que el Tarta se ponía de pie.
—¿Y usted qué quiere, Archubi? —preguntó Silverman, sin disimular su mal humor—. ¡No me diga que va al baño a llorar!
Sin dejar de mirar al profesor, el Tarta sacó un revólver que llevaba oculto debajo del guardapolvo, le apuntó y tiró del gatillo. La bala le dio a Silverman en el pecho, arrojándolo contra el pupitre. Se había quedado con los ojos y la boca bien abiertos. La sangre comenzaba a expandirse por la camisa celeste.
—¡Metete la llanura en el culo! —dijo el Tarta, sin tartamudear. Y le disparó en el cuello y en medio de la frente. Y un manchón rojo oscuro impactó contra la pared y parte de las carpetas del profesor, que recién ahí se desplomó de costado.
Laura Verón se puso a gritar. El resto de mis compañeros miraron al Tarta con una mezcla de horror, confusión, miedo.
—Listo —dijo el asesino, y guardó el revólver como quien guarda un Liquid Paper—. Ahora no nos va a molestar más.
¿Estaba loco el Tarta? ¿Quién se creía que era para matar a Silverman? ¿Pensaba que a él solamente lo tenía de punto?
Saqué mi arma y le disparé en la cabeza. Los sesos salpicaron a Maidana y a Costa.
—Egoísta de mierda —dije, al tiempo que los demás huían del aula.

La mancha dejó su marca




Prólogo de Claudia Cortalezzi para la tercera antología

Una noche de principios de 1970 —tendría yo unos seis años— viví mi primera experiencia frente al terror. ¿Por qué será que recuerdo tantos detalles de ese momento horrible?
Las cosas sucedieron así: mis padres charlaban de sobremesa con mis tíos, que habían venido de visita. Las mujeres juntaban los platos, y los hombres hablaban fuerte, tratando de imponerse al bullicio de cubiertos. Tan imbuidos estaban en la conversación, que nadie lo advirtió: el televisor había quedado encendido.
Todos nos encontrábamos muy cerca del Philips, pero sólo yo miraba.
Recuerdo que una de mis hermanas se me acercó y me sacudió del brazo. 
—Vamos a recortar revistas —me dijo, y décadas después la estoy viendo hacer gestos de cortar, como si sostuviese una tijera.
Creo que debe de haber sido eso: recortar y pegar fotos en un cuaderno viejo significaba una buena excusa para encerrarnos en la habitación, lejos de los grandes. Sólo podíamos irnos de la mesa si no hacíamos ruido, ya que nuestro hermano menor era bebé y dormía.
—¿Venís? —oí que también decía mi otra hermana.
Ni siquiera pude contestar.
Porque me había quedado paralizada ante la tele, que era en blanco y negro: ahí, dentro de la pantalla de vidrio, se arrastraba una cosa —una masa que yo veía muy negra, un horror sin forma— que avanzaba y se iba tragando todo. Todo: autos, casas, personas. Todo, hasta lo impensable.
La película —lo supe mucho después— se titulaba La mancha voraz o The Blob, antes de la traducción. Actuaba Steve McQueen —“Steven”, en aquella época—, el mismo que más tarde interpretó personajes como Randall, el justiciero, y Papillon. Eso no importa ahora, mejor volvamos a aquel día: fascinada, yo no lograba quitar los ojos de las imágenes. Necesitaba enterarme de cómo matarían a aquel monstruo, necesitaba que acabasen con él de una vez por todas. Pero nunca lo mataron —perdón si revelo el final—: sólo lo congelaron y lo enviaron al Polo Norte; o al Polo Sur, no recuerdo.
Y ahora debo confesar que jamás pude ver de nuevo esa película. Después de aquella noche, pasé unos dos años creyendo que aquel espanto sin nombre lograría descongelarse para venir a devorarnos a nosotros.
Y cito aquel episodio porque ahora, a la distancia, puedo ver que fui presa de un miedo gozoso. La mancha, con su trabajo medido y preciso, había logrado explorar en mi interior, meterse bien a fondo con mis emociones, dejarme pensando. Y estoy segura de que la eficacia del terror radicaba en que ese monstruo de más allá del espacio atacaba a gente normal. Entonces, me decía, ¿por qué no iba a hacerlo con mi familia, conmigo? De sólo imaginarlo me ahogaba, como si mi cabeza ya estuviera siendo succionada por la masa. Y jamás, durante mi período de intenso miedo, dejé que una de mis manos colgara de la cama. Jamás. De día se esfumaba, sí. Pero, al anochecer, esa cosa —mezcla de silenciosa sutileza y maldad— volvía a la carga, y todo a mi alrededor se borroneaba, se confundía. Así, yo me iba arrastrando entre tumbos hacia la mañana siguiente.
A pesar de La mancha voraz, o tal vez gracias a ella, ahora disfruto del terror en literatura más que de cualquier otro género. Del buen terror, del verosímil. De aquel que se acerca tanto a lo verdadero, que sólo puede percibirse como real.
Por eso elegí estos cuentos. Cada uno de ellos, por distintos caminos, logra que el lector sienta aquello que no se puede explicar, lo que nos hace disfrutar desde adentro. Son cuentos que invitan a ver más que a leer. Van más allá del clisé de personajes de la vida común que se enfrentan a lo siniestro. Me atrevo a afirmar que la textura de estos personajes atraviesa el papel. Hay fantasmas y demonios, apariciones y vampiros. Y también hay monstruos, monstruos bestiales y monstruos vestidos de corderos, de esos que hielan la sangre.
En suma, este libro llevará a recorrer la oscuridad, aunque se deje la luz encendida.
Sólo me basta destacar que en la presente entrega contamos con otro invitado de honor: en Cuentos de la Abadía de Carfax 2 nos había acompañado Fernando Sorrentino, y esta vez lo hace Sergio Gaut vel Hartman.
Dejo pues a mis lectores con los relatos. Y vaya para ellos un consejo muy simple: antes de cerrar los ojos, cuiden de que sus manos estén sobre la cama.

Una misión (cuento), de Marcelo di Marco

 
[...] —Es que se fue bien temprano —nos explicó papá, sonriente, levantando la voz para hacerse oír por sobre el ruido de la lluvia, que caía a chorros contra la protección metálica del extractor de la cocina—. Encima salió apurada, y es por eso que ustedes ni siquiera la vieron, ¿entienden?
En aquel tiempo nos tragábamos cualquier cosa, éramos muy chicos. Además, como ya dije, estaba contentísimo: por fin se me cumplía el sueño de quedarnos en casa con Elenita y papá, que era un genio.
Cuando terminamos la leche, Elena —mi madre la había adiestrado como a un perrito— empezó a levantar la mesa. Yo quise darle una mano, pero papá nos detuvo con un gesto. Y dijo:
—Dejen, chicos, dejen. Hoy nadie barre ni plancha ni nada.
—Yo no pensaba ni barrer ni planchar —dijo Elena—. Aparte, todavía no sé.
—¿Qué cosa no sabés, mi dulzura?
—Eso: ni barrer ni planchar. Solamente sé lavar platos yo.
Papá se rió.
—Ya lo sé, mi amorcito —dijo—. Quise decir que hoy en esta casa nadie trabaja. [...]

Fragmento

Texto completo en Revista Axolotl 

Olor a loba (cuento), de Dolores Pereira Duarte


[...] —¡Que vengan, que vengan! ¡No pienso dejar ni uno! —sin soltar el revólver, metió la otra mano en su corset, sacó con un ademán exagerado una Spyderco Police escondida bajo su pecho izquierdo, y de un tajo le abrió la garganta a la viejita.
Era increíble: la que hacía cinco minutos sacaba pecho al lado del altar y les sonreía a sus amigos acomodándole el jopo a su “cachorro”, ahora, se limpiaba la sangre de doña Petronila en su falda negra y miraba con ojos embotados a los invitados. [...]

Fragmento



Texto completo en Breves no tan breves

Condiciones psicológicas (cuento), de Nomi Pendzik


Al pasar frente a una vidriera del shopping, Pupy se vio en el espejo. Claro, cómo no la iban a mirar los tipos, si estaba buenísima.
Pupy —se dijo—, estás refuerte.
Y sí: la última aplicación de colágeno le había quedado bárbara, parecía re natural. No como a la Cris, que todos se daban cuenta. Eso no le pasaba a ella: después de la separación y las cirugías, no había tipo que se le resistiera. Cierto que había sufrido un poco con las operaciones, pero el fin justifica los medios.
Cuánta verdad encerraba esa frase, el fin justifica los medios. Se la había enseñado el abogado durante el juicio contra Raúl. Era lo que ella misma pensaba declarando no tener ni idea de lo que se cocinaba en aquellas reuniones en su casa. Pasaban colombianos, gringos, y hasta jamaiquinos de lo más raros: “Yo nada más les llevaba el café, señor juez”.


El fin justifica los medios… Era lo que pensaba después de despojarlo de la fortuna que él había logrado a fuerza de chanchullos y estafas. Lo que pensaba al ver cómo lo arrastraban dos policías, esposado y llorando, hacia el blindado que lo llevaría a Devoto hasta que se pudriera.


Ah, qué buena la almohada, blanda, esponjosa. La que tenía de antes, la misma donde el estúpido de Raúl, mil años atrás, solía apoyar su grasosa pelada. Pero Pupy no quería deshacerse de ella: le gustaba hundir la cabeza ahí, sentir cómo le rodeaba la nuca. Y le gustaba saber que ahora, en esa misma almohada de raso negro, había un tipo diferente cada fin de semana.
—Y pensar que ahí estuvo Raúl… —dijo, y era como si todavía aquél estuviese ahí, obligado a mirarla revolcarse en la cama, acomodarse en su almohada con un tipo distinto cada vez.
Mientras se producía para ir a la fiesta de Fanny, notó en el cuello una marca apenas visible, una pequeña mancha oscura. Ahora, con ese cuerpo y las paredes de la suite espejadas, se le había vuelto una costumbre mirarse y remirarse por todos lados. A ese imbécil no le gustaban mucho los espejos: siempre tenía que andar metiendo panza —¡ahora seguro que no tenés espejo ni para afeitarte, boludo!, se había reído ella al pensarlo—. En cambio a Nicolás, el pendejo que se había traído de ese boliche cool de Palermo Hollywood, lo volvieron loco. Quizá fue él quien le hizo esa marquita. Qué imbéciles son algunos tipos. Piensan que si le dejan a la mina una huella no se va a olvidar de ellos.
Cubrió la mancha con un poco de maquillaje y se vistió. Antes de irse, la última mirada al espejo le confirmó su sensación:
—Pupy, sos una diosa —dijo, envuelta en perfumes y brillos.


Cosa rara, se despertó pensando en Raúl.
Ay, nena, qué idiota sos —se dijo—. Si ya salió de tu vida: nadie puede obligarte a visitar a tu marido preso. Especialmente porque no tenés ningún interés.
Si no hubiese sido porque el abogado le aconsejó que, para evitar sospechas, no dejara todavía el país, ya se hubiera ido a vivir a Malibu.
Lo descubrió en el espejo del techo: la manchita en el cuello se notaba un poco más, como si hubiese crecido durante la noche.
Se puso una gargantilla y listo, que se le hacía tarde para almorzar con su cirujano.


Había vuelto cansadísima, borracha más que alegre. Ni siquiera sabía cómo se llamaba el tipo del hipódromo, pero tenía buen lomo. Cuando ella se levantó de la cama, él ya se había ido. Pero se ve que le hizo algo en el cuello, porque tenía una marca del otro lado, más cerca del ganglio. ¡Estos pelotudos que se creen que las minas son su ganado!
Esa noche decidió quedarse sola y descansar.


Le costó despertarse, más que otras veces. La almohada, suave, mórbida, le rodeaba con tibieza la nuca. No daban ganas de salir de la cama.
Se levantó recién a eso de las cinco de la tarde, cuando la llamó Betty para preguntarle si tenía ganas de ir con Fanny al casino de Puerto Madero. Al mirarse en el espejo mientras hablaba por teléfono, lanzó un grito: la mancha, morada ahora, se le extendía bajo el mentón desde el extremo izquierdo hasta la nuez. Eso también le hacía notar más esas putas arrugas imborrables.
Por esa noche, se puso una chalina Louis Vuitton y salió. Como le dijo Betty: la vida no espera. Mañana vería qué hacer.


—Su lesión —le explicaba el dermatólogo— parece corresponderse con una morfea como consecuencia de un proceso inflamatorio cutáneo. Colagenosis, sería el diagnóstico.
—Dígamelo en español, doctor. ¿Cómo se cura, qué la provoca?
—La causa no es muy conocida. No descarto la posibilidad de que surja de las sucesivas manipulaciones quirúrgicas en su organismo… pero no reviste ningún inconveniente serio para la salud. Por otra parte, si la etiología es alérgica, cosa que vamos a investigar, desaparecerá en cuanto detectemos a qué se debe. Y muerto el perro, señora, se acabó la ra…
—… o sea, doctor, usted me está diciendo que no sabe qué es esta mierda que me crece todas las noches, y que no tiene nada que darme para curarla, ¿no? ¡Todos ustedes son unos estafadores! ¡Ya van a ver cuando les haga juicio por mala praxis!
Pupy salió del consultorio a los portazos. Cuando llegó a su penthouse estaba tan alterada que canceló todas sus otras salidas y se metió en el jacuzzi.
Ya en la cama, por suerte la almohada la ayudó a relajarse. Al menos, eso fue lo que sintió al principio.


Raúl estaba sentado sobre ella, que yacía boca arriba indefensa, inmóvil.
No la penetraba, no había nada sexual en su comportamiento. Tenía puesto un traje de preso de esos fosforescentes, como los de las películas. Pero seguía sentado sobre su pecho desnudo, se balanceaba haciendo equilibrio como si ella fuese una silla algo inestable: para no caerse se agarraba, se le aferraba al cuello con ansiedad, y Pupy sentía la rudeza de los dedos tallados por varios meses de trabajos duros y peleas carcelarias y sentía cómo esos dedos se iban hundiendo cada vez más en la carne de su cuello expuesto y flojo.
Se despertó de un salto, sola en la habitación cerrada, con las persianas bajas y la puerta con llave.
—Qué sueño de mierda, querida —creyó oírse decir.
¿Sueño? Al mirarse en el espejo le dio la impresión de que Raúl había estado de verdad, de que realmente le había atenazado la garganta con sus manos ásperas. Las marcas ya abarcaban todo el contorno del cuello, se extendían hacia atrás. En el espejo a su espalda podía ver ese camino violáceo que iba directo a la nuca. Un collar de manchas negras y enfermas, como pinceladas cárdenas. Una serpiente oscura. Lo raro era que no le dolía ni le ardía en absoluto.
Decidió quedarse, mirar la tele todo el día en la cama, a ver si eso la mejoraba un poco. Sabía que era una idea estúpida, pero no perdía nada con el intento.


Despertó a medianoche, asfixiada: como si una soga le apretara la garganta, envolviéndola cada vez más.
Sofocada, prendió el aire acondicionado y fue hasta el baño. En el espejo, la víbora que le comprimía el cuello se había vuelto negra con reflejos purpúreos. Pupy vio cómo el monstruo levantaba un segundo la cabeza y la miraba. La miraba sonriendo. La miraba con el placer de matar.
Ella gritó y se llevó las manos al cuello: sólo tocó las arrugas que ninguna cirugía había podido estirarle.
—No seas boluda —dijo—, chupaste de más. Ya ves visiones y todo.
Se acarició la garganta, se sirvió un par de vasos de agua, intentó una técnica de respiración que le había enseñado su personal.
Pero no podía relajarse, así que se tomó uno de los últimos Prozac que le quedaban en el vanitory.


El fiiin justifiiiiica los meeedios, le decía el abogado. Se lo decía sentado a horcajadas sobre ella, mientras la ahogaba con su mullida almohada. Se lo decía con una mirada equívoca de deseo y desprecio, como la de Raúl los últimos días antes de la cárcel.
No estoy descansando bien, le contestaba ella con un resto de voz.
No importa, aducía doctoralmente el abogado señalándola con el índice, y el dedo se volvía una culebra pequeña y negra y cada vez más gorda y viscosa.
Ya descansarás.


Cuando Fanny y Betty entraron con la policía, encontraron a Pupy dentro de la cama, arropada como un bebé, desparramada boca arriba sobre el colchón y la esponjosa almohada.
Parecía estar descansando muy tranquila. Un collar de manchas negras y moradas le rodeaba por completo el cuello.
—Como un dogal —dijo uno de los policías—. Como si la hubieran estrangulado.
Al retirar el cadáver, la almohada se esponjó y se infló: una serpiente constrictora que respiraba satisfecha.


—La lesión dermatológica es superficial —señaló el forense, después de la investigación—. No parece tener conexión alguna con el deceso. Por otra parte, este tipo de muertes por apnea, si bien son más frecuentes en personas de edad o en bebés, pueden ocurrir en determinadas condiciones psicológicas.


—Mirá si serás pelotudo, puto de mierda —dijo el guardiacárcel—. ¿Qué? ¿Ahora jugás a las Barbies?
—No, ya no juego —le contestó el preso rascándose la pelada grasienta.
Y tiró a la basura la muñeca de trapo y la almohadita negra que la cubría.




"Condiciones psicológicas" integra la segunda antología de Cuentos de La Abadía de Carfax.

Élida volvió para quedarse (cuento), de Marcelo di Marco



[...] Élida rió a carcajadas. La odió. Odió aquello en que se había transformado, se odió por haber sido tan cagón, por no haber sabido atajar las cosas a tiempo. Respiró hondo y optó por manejarse como le habían indicado.

—Pensé que no te molestaría... —dijo con voz calma—. Pensé que si vos y los chicos no...

—¡Silencio, demonio! —gritó Élida, con los ojos en blanco—. ¿No ves que el Señor quiere hablar por mi boca?

Él se mordió los labios. Élida había "entrado en éxtasis". Recordó la última vez que intentó sacarla de aquel estado. Observó cómo sopesaba el cenicero.
[...]



Fragmento

Texto completo en literatura. org

"Élida volvió para quedarse" integra la primera antología de Cuentos de La Abadía de Carfax.

Bajo tierra (cuento), de María Taltavull


[...] De a poco fuimos despejando la enramada. El castaño del fondo dejaba en tinieblas más de medio jardín, la enamorada del muro se había arqueado hasta formar un túnel. Un filodendro gigante se arrastraba con brazos que parecían tentáculos. Si bien Alberto podaba todas las tardes, las plantas crecían —o parecían crecer— más rápido de lo que él era capaz de cortar.
Después de varias semanas, cuando aquello estuvo apenas más prolijo, decidimos mudar algunas plantas. Sacamos las hortensias del fondo para trasladarlas a un cantero cerca de la galería.
Y Alberto cavó el pozo. No muy profundo, pero sí bastante ancho.
Un sábado, mientras yo trajinaba en la cocina, oí que Alberto hablaba a los gritos. Me acerqué. Y lo vi dentro del pozo, mirando hacia abajo. Cuando le grité para preguntarle qué pasaba, no me contestó. Siguió muy concentrado vociferando. Volví a gritarle, y él volvió a ignorarme. Llegué a su lado, lo tomé por los hombros y lo zamarreé un poco; creo que hasta alcancé a cachetearlo.
—¡Basta, Elena! —gritó alzando la mirada hacia mí—. ¿No te das cuenta? ¡Estos tipos están invadiendo nuestro jardín!
—¿Te volviste loco, Alberto? ¿Qué hacés ahí metido?
—Estos tipos, Elena —dijo—, los tipos me están agarrando los pies. [...]
Fragmento
Texto completo en Liter Área Fantástica
"Bajo tierra" integra la primera antología de Cuentos de La Abadía de Carfax.

Parábola de la yarará (cuento), de Ricardo Giorno



[...] A mitad de camino, el muelle se cortaba con una escalera. Desde ahí bajaron a una playa de césped bien parejo, que a orillas del río se transformaba en arena ocre. Al costado, más cerca de la casa, sobre el pasto, las mujeres armaban mesas, colocaban la vajilla. Unos peones se dedicaban a recortar a tijera los bordes del sendero lateral. Romelia se sintió ajena, pero armándose de valor decidió dar una mano.
El cobertizo que servía de depósito descansaba justo donde comenzaba la selva. Sin esperar a que le dijeran nada, Romelia fue a buscar las sillas.
Un viento helado se ensañó en su pelo y le erizó la piel. Del otro lado del quincho le llegaba aquello casi imperceptible: el rumor tan característico y a la vez extraño.
Una víbora.
Una víbora reptando por la hojarasca. Una víbora descomunal.
Romelia volvió con dos sillas a cuestas y una mueca de desconcierto que trató de disimular. [...]

Fragmento


Texto completo en Axxón
"Parábola de la yarará" integra la segunda antología de Cuentos de La Abadía de Carfax.

Como un pozo (cuento), de Daniel De Leo


[...] Papá dice que es medio bruja. En cambio, tío Pochi no cree lo mismo que papá: él directamente asegura que la abuela es de otro planeta. Si no fuera porque es la dueña de la casa, papá no soportaría que viviéramos todos juntos.
Hasta hace poco, papá hacía changas de albañilería. Pero fue teniendo cada vez menos trabajo. Ahora casi ni sale de casa. Dice que es inútil salir, que en la construcción está todo quieto.
Papá y tío Pochi charlan sentados a la otra punta de la mesa. Yo espero a que se me enfríe un poco el mate cocido que mamá me sirvió en esta taza que tiene la manija rota. Mamá les da de comer a las gallinas en el patio. Puedo verla desde acá, veo cómo va soltando los granitos de maíz y cómo las gallinas se pelean por atraparlos. Tres gallinas le quedan a mamá. El año pasado llegó a tener diecisiete. Yo las conté.
También desde acá puedo ver el bulto de la abuela recostada en lo oscuro de su pieza. [...]

Fragmento

Texto completo en Liter Área Fantástica.
"Como un pozo" integra la primera antología de Cuentos de La Abadía de Carfax.

Hilos de fuego (cuento), de Miguel Sardegna




[...] A pesar de que el incendio se intensificaba, nadie se movía. Todos sabían que la figura del tapiz estaba casi completa y le rendían el último tributo. Nadie ignoraba la leyenda. Persistía el temor de que la tarea llamada a permanecer inacabada fuese concluida. El miedo de que finalmente el último hilo se acomodase en su sitio no desaparecería con el fuego. Porque, de acuerdo con las antiguas crónicas... [...]

Fragmento



Texto completo en Axxón.
"Hilos de fuego" integra la primera antología de Cuentos de La Abadía de Carfax.

El arte del doctor Moret (cuento), de Luis Cattenazzi


[...] Hoy por la mañana decidí sepultarlo, usé la misma acequia. Me las arreglé para improvisar una lápida con el espejo de pie de la biblioteca, y procuré no mirarme en el reflejo infame mientras tallaba con rudeza su nombre. Sé que le debo la vida, pero no encomendé su alma a Dios: preferí maldecirlo por las preguntas que jamás habrá de contestarme.
Muy oportuno, Moret, quizás hasta evitaste que yo mismo te matara. [...]

Fragmento.
Texto completo en La Opinión On Line- Rafaela: 1º parte, 2º parte, última parte.
"El arte del doctor Moret" integra la primera antología de
Cuentos de La Abadía de Carfax.

Entre humanos (cuento), de Claudia Cortalezzi

[...] La otra persona era una mujer con facciones negroides, aunque de una tez que se adivinaba clara. Resollaba en la penumbra, y por un momento tuve la impresión de que los ojos le brillaban como a los gatos o las serpientes de las películas. Dio vuelta la cara y me mostró su perfil oculto: una masa mutilada como por feroces mordeduras.
—Por favor —me dijo Javier, corriéndose para hacernos lugar—, póngase cómodo. Tenemos mucho para contarle.
—Yo —dijo inmediatamente el tipo minúsculo, que, en contraste con el tamaño de sus manos-pies, parecía aún más insignificante—, yo soy el Chino. Bienvenido a mi casa —hizo un movimiento con la cabeza para ofrecerme una silla.
Miss Clarisse sirvió té. No pude dejar de pensar en aquellas hirvientes anguilas que escondía debajo de la ropa. [...]

Fragmento

Texto completo en Axxón.
También en Acomodando palabras, de Claudia Cortalezzi.
"Entre humanos" integra la primera antología de Cuentos de La Abadía de Carfax.

Compañía para el viaje (cuento), de Daniel Aloisio



[...] Eso me digo mientras observo a la mujer acomodar pacientemente mis ropas. Un pantalón, una camisa que jamás volveré a usar. Dos zapatos gastados, un dnturón raído, lleno de agüeros cada vez más ceñidos. Va y viene, meneando un trasero gordo que alguna vez debió haber sido firme. Cierro los ojos y trato de imaginarla en su juventud. Me pregunto ociosamente si podría haberme enamorado de ella, o si sólo hubiéramos cruzado una mirada en la calle sin que nuestros destinos se hubieran unido jamás. [...]

Fragmento


Texto completo en Espacio latino.

Una mancha más negra que el cielo - Federico Buccino (cuento)

[...] Habridge no veía nada. Creyó distinguir vagamente la silueta del avión de Stone. Algún destello ocasional, pero más parecido al fogonazo de un disparo que a un incendio. No era probable. Nadie dispara dentro de su propio bombardero.
Cuando las luces de posición de la otra nave se encendieron, Habridge quedó sin aliento.
[...]

Fragmento


Texto completo en ALMIAR.

"Una mancha más negra que el cielo" integra la primera antología de
Cuentos de La Abadía de Carfax.

Un nuevo movimiento literario

“Al margen de la temática infinita que ofrece el fantástico, lo que proponemos es una literatura con elementos sólidos, con argumentos que lleguen al lector.”

Marcelo di Marco —sobre el círculo de escritores de horror y fantasía La Abadía de Carfax—.




¿Cómo nació el nombre La Abadía de Carfax?

Se nos ocurrió que podría llegar a ser un nombre excelente porque articula muy bien con lo que somos. Y el lema que lo acompaña surgió después de largas cavilaciones, y es: Círculo de escritores de horror y fantasía.


¿Qué significa Carfax?

La Abadía de Carfax alude también como chiste a lo que son las “capillas literarias”, los grupos de pares que se unen para hacer una especie de movimiento entre temáticas afines. La abadía de Carfax era el escondrijo de Drácula. Drácula tenía su vecindad con el manicomio donde lo encerraban a su sirviente Renfield. Aparte, se trata de un título muy sonoro, ¿no? Tiene una riqueza implícita, al margen de la alusión a papá Stoker.


¿Cómo nació la idea de crear La Abadía de Carfax?

Hace poco, un tallerista me dijo que había un momento en la vida de un grupo, y más como está constituido el Taller de Corte & Corrección, en que naturalmente tenía que devenir en un movimiento literario. A mí la idea me sedujo, seguramente por mi medieval tendencia a la hermandad. El grupo intermedio, la comunidad de hermanos, por más pequeños que sean… qué formidables refugios en estos tiempos de abstracto individualismo. Gente que, a despecho de los mercaderes y del liberalismo triunfante, se oponen al control, cada uno con su distinto talento y su distinta inclinación temática, pero sí ligados por una estética común y por comunes objetivos. Cuando vos tenés un grupo constituido alrededor de una persona y en el que todos tiran para el mismo lugar, es muy difícil que el enemigo pueda llegar a doblegar a esas personas. El gran fracaso del liberalismo es, justamente, haber llevado la individualidad de cada uno a un grado absoluto en que cada cual es dueño de sí mismo y cada cual se arruina la vida como quiere. Eso sí, libremente, entendida la libertad como un hacer lo que se me canta y no lo que realmente debo hacer, que eso es la libertad.


¿Entonces, cuál es la propuesta de este movimiento?

La propuesta de Carfax está en su mismo nombre: La Abadía de Carfax, círculo de escritores de horror y fantasía. Pero hay algo más, y podremos verlo bien si partimos de la siguiente base: todos los integrantes de Carfax son gente formada en nuestro Taller de Corte & Corrección. Pues bien, como coordinador de dicho taller no propongo una estética determinada, pero sí un modo de ver y entender la literatura. Y también de entender la lectura, y también de entender la vida literaria. Abominamos, por ejemplo, de lo que se ha dado en llamar la literatura light, hecha de novelas intrascendentes, sin trama, sin estilo… y sin lectores, por supuesto. Obras pedestres, parasitarias de la realidad, que sólo intentan acercarse temáticamente a todo lo que tiene que ver con el aquí y el ahora. La literatura como reflejo de la realidad es una de las tantas maneras de sovietizar la cultura: el arte al servicio del partido o de la ideología imperante, para modificar conciencias como Gramsci y el Diablo mandan.


Un ejemplo.

En Crítica y ficción, Ricardo Piglia habla acerca de Roberto Arlt y sus adláteres. Resulta que los escritores que rodeaban a Arlt se la pasaban tratando de escribir como Arlt, hablando de temas absolutamente coyunturales. Cuando la coyuntura terminó, estos arltitos ya no tenían nada que parasitar… porque ya había pasado aquella coyuntura. Y bueno, también pasó la literatura que intentaba ser un reflejo de esa realidad. Pero el que no pasó fue Arlt. Más que las cosas, a Arlt lo que le interesaba era la trascendencia de las cosas. Volviendo a Carfax, nosotros empezamos a ver que dentro del Taller de Corte & Corrección había un buen número de autores de entre los que estamos nucleando desde hace tantos años, que son afectos a una literatura que podría definirse como de Horror y Fantasía. Entonces, justamente ese es el eje a partir del cual se me empezó a ocurrir convocar, hace apenas dos meses, a la creación de un grupo de las mencionadas características. Al margen de la temática infinita que ofrece el fantástico, lo que proponemos es una literatura con elementos sólidos, con argumentos que lleguen al lector. Con trama, con intrigas que pueden seducir a alguien a quien le guste, todavía, seguir leyendo historias, seguir leyendo cuentos y no meras descripciones de estados de ánimo o aburridas e intrascendentes sesiones de diván.


¿Y cómo sería, entonces, una verdadera obra literaria en oposición a la obra light?

Escribir es ir a la profundidad del ser, abrirse, abrir las criptas y contar novelas como Madame Bovary, El proceso, Ulises, Un mundo feliz, El cazador oculto, El extraño caso de Dr. Jekyll y Mr Hyde, Drácula… La literatura es la intensidad del lenguaje llevada a su máxima expresión. Eso es lo que la distingue del lenguaje utilitario. Es sumamente difícil que una temática ramplona, común y cotidiana pueda llegar a estimular la percepción artística de un creador, para que con ese material haga una obra de arte. Podrá servir para indagar en la profundidad de la condición humana. Aunque, si vamos al caso, el ensayo es una herramienta mucho más útil y práctica para sondear la mente y el corazón del hombre. En la novela light el lector medio, apenas, se refleja. Pero de ahí a que disfrute con el lenguaje y se modifique y se mejore hay una gran diferencia. En la gran novela los planteamientos existenciales están; pero, desde luego, se hallan implícitos dentro de un discurso narrativo al que te subís y sólo podés bajarte cuando el maquinista quiere. Novelas-trenes a las que uno se sube sin saber cuál va a ser la próxima estación. Vamos a poner un ejemplo actual, para no parecer un dinosaurio: Anatomía humana, de Carlos Chernov. ¿Quién puede negar que la condición humana —e inhumana— está expresada como muy pocas veces se ha visto en la literatura nacional? Esa novela contiene, como toda obra de arte, planteos ontológicos, salidas, callejones, laberintos, pero entrevistos en una historia realmente apasionante, en la que yo leo un homenaje a las grandes novelas del género que nos nuclea. En la vereda de enfrente, vos sabés de antemano que en una novela-diván vas a encontrar, sin lugar a dudas, “mensajes” que, hoy por hoy, son dictados por los mandamases de aquello que se ha dado en llamar lo políticamente correcto. ¿Por qué será que durante muchos años la crítica ha despreciado las obras de la literatura fantástica? Si ustedes ven, por ejemplo, las grandes enciclopedias de literatura no hacen referencia a Bram Stoker y su Drácula. Eso es inconcebible. Cualquier persona que ha leído esta maravilla de novela puede darse cuenta perfectamente de su grandeza literaria. Oscar Wilde decía que era la novela más hermosa que había leído, y no era ningún palurdo.


¿Por qué pasan estas cosas, por qué es desestimada la literatura fantástica?

Por una cuestión de jerarquización de temas. Es mucho “más serio” escribir una novela que hable sobre la alienación en las grandes ciudades que escribir sobre un vampiro, o un hombre lobo, o un muerto resucitado. Son temas para los chicos, cosas que se pueden vender en colecciones de infantil-juvenil. Desde luego, sin tener la menor idea del público al que se lo estás llevando. ¿Cómo le vas a dar Drácula a un chico de once años? Es imposible. Sólo podés penetrar en las cosas que, como catáfilas de una cebolla, te va haciendo tentar Bram Stoker, cuando ya tenés cierta madurez lectora. Para gran parte de la crítica, la literatura fantástica es una especie de pariente pobre de la literatura. Digamos que no le dan cabida, no hay una posibilidad de trascender en el mundo de la literatura si uno escribe textos así. Fíjense por ejemplo cuándo recibió el Oscar Spielberg: cuando saca La lista de Schindler, una película seria. Ojo, convengamos que es una excelente película, pero es mucho mejor Tiburón, si vamos al caso. Y mucho mejor es la primera película que hizo: Reto a muerte. Pero no. Reto a muerte habla de un conductor que está en la carretera y de repente es cazado por otro conductor que, en vez de tener un auto como él, tiene un bruto camión… y el espectador se da cuenta de que el tipo ya viene de varias cacerías. No se le ve nunca el rostro. Y claro… ¿ese tema a quién le importa? ¿A quién le importa mostrar a una persona en la ruta —la ruta de la vida— simbolizando la fragilidad de la existencia humana? Es mucho más sencillo poner al Empleadito martirizado por el Jefe. Como bien dice Carlos Gardini en su cuento “La ciudad de los ojos”, la clase media todavía adora esas pavadas.


Pero la literatura fantástica muestra la condición humana...

Claro que sí. Yo me acuerdo que con Luis Chitarroni éramos “kingófilos” de la primera obra. Sostenía yo, y Luis me daba la razón, que si Stephen King en lugar de salir en Grijalbo o en Schapire hubiese salido en Minotauro, los intelectuales estarían lamiéndole las botas. ¿Se dan cuenta? Lo pondrían en un rango similar al de los Asimov y al de los Bradbury. ¿Por qué Bradbury sí y Stephen King no? Solamente por ignorancia se puede decir que la literatura fantástica es una literatura menor. Solamente por ignorancia o mala intención se puede decir que los temas que trate la literatura hacen que esta sea mayor o menor. Pero bueno, ahí viene aquella reflexión muy poco diplomática de Pérez Reverte cuando afirma que hoy la literatura está en manos de gilipollas. Y a quien le quepa el sayo que se lo ponga.


Entonces, si esto no es una literatura para niños, la literatura fantástica ¿para quién es?

Y... para gente muy adulta, gente con mucho coraje para meterse en terrenos donde quizás otros géneros no pueden llegar tan directamente como el fantástico. Hay cosas que uno le puede contar al psicólogo, al mejor amigo, a su novia, a su madre, alguien con quien uno tenga suma confianza... pero hay cosas que uno solamente se las puede contar al sacerdote. No hay vuelta que darle. El confesionario es el lugar donde el diván no llega, concretamente, donde vos te estás abriendo en tu absoluta miseria humana con todas las letras. Pues bien, a semejanza de esta realidad, el autor de una novela fantástica, por medio de sus figuraciones y fantasmagorías, se ha puesto dos tanques de oxígeno de este tamaño y llegó a lo más profundo, llegó a la zona donde uno no puede llegar más. Y el que lo dude, que lea, por ejemplo, el Franz Kafka de El proceso. Los mundos que uno puede visitar creando y leyendo literatura fantástica no son los mundos a los que puede acceder la materia.


¿La literatura fantástica, entonces, es sólo para valientes?

Si el hecho literario fuera una embarcación, la literatura de hoy sería una especie de chalupa, una balsita en la que intentamos mantenernos a flote a toda costa; en cambio, la buena literatura fantástica de hoy y de siempre sería un submarino nuclear, porque te permite justamente llegar a esa profundidad. Una cosa es verse reflejado en el Empleadito; otra, muy distinta, es verse reflejado en Mr. Hyde. Andá a sentirte representado en un Victor Frankenstein, a ver si te atrevés. Ahí sí que hay que tener coraje para leer... ¡y ni que hablar del que hay que tener para escribir! ¿Ven? Con sólo recordarte que existe el Bien y que existe el Mal, la literatura fantástica es políticamente incorrecta por definición. Es una especie de trampolín para acceder a mundos muy olvidados hoy día: el mundo de lo sobrenatural, el más allá, la vida eterna. Después de nuestra vida natural temporal, tendremos nuestra remuneración: condena o salvación eternas. El mal no es atribuible solamente a lo que uno pueda llegar a ver en un gabinete psicopedagógico: los chicos se pegan y las parejas se separan porque hay un ente diabólico trabajando en ellos. ¿Cómo no combatir entonces una literatura que constantemente —directa o indirectamente— te está recordando eso, cosa que a la gente le produce urticaria? Hay que reventarla entonces. Ojo: no con balas de plomo, sino con balas de silencio y balas de calumnia. Pero bueno, con la Iglesia Católica se pretende hacer lo mismo todos los días, y desde hace dos mil años la Barca de Pedro sigue navegando.

Tomado de Revista Axolotl